Ahí estaba yo, en la sala B del aeropuerto internacional de México, cansado y fastidiado del ajetreo típico de la ciudad. Miro a mi alrededor y veo indiferencia en el rostro de la gente, como si lo único que quisieran es que todo esto termine y llegar a casa. Saco una revista de mi maleta y me pongo a hojearla. 15 minutos después me aburro y voy al fumarme el último cigarro del día, en eso me pasan un par de cosas por la cabeza, cosas de las que ya ni quiero recordar por que creo que ya no valen la pena.

Media hora después, se anuncia el número de vuelo y me dirijo a la sala correspondiente, y me siento de nuevo a esperar. Vuelvo a mirar a mí alrededor y noto lo mismo, ya no hay ánimos de nada. Me quedo ahí con la mirada perdida por un par de minutos más.

En eso sale de la nada un niño pequeño sale corriendo y gritando y se lanza sobre un tipo que parecía ser su padre, éste lo levanta y lo abraza contra su pecho y el niño lo besa y le dice: -Papi, te quiero mucho, mucho!!

De pronto siento que algo pasa, veo como en la mirada de ese niño abrazando y besando a su padre hay esperanza, incluso mas que eso, pareciera como si para ese niño nada importara más que el demostrarle su cariño a su padre.

Entonces siento que algo pasa, no puedo contener mi reacción y noto como esa situación despierta en mi una sonrisa. Volteo a mi alrededor y observo que todas las personas cerca de ahí se habían percatado de tal suceso y absolutamente todos tenían la misma sonrisa que yo, fue como si durante ese instante se hubiera despertado un sentimiento colectivo entre todos los que estábamos ahí.

Desde ese momento el día ya no parecía tan malo, fue como si esa situación me recordó que hay millones de razones por las que vale la pena seguir adelante.